Una
mañana de agosto, salí a la puerta de casa del pueblo, era temprano, pese a
estar de vacaciones, había decidido madrugar para salir con la bici, y en pijama, me senté en el escalón que hay en la
puerta de casa, a tomar allí el tazón de café con leche.
No había nadie en la calle, pero
había mucho movimiento, miles de golondrinas, (oronetes en valenciano),
gorjeaban en los cables del tendido eléctrico, mientras que otras, no paraban
de hacer quiebros en el cielo o de llevar comida a sus nidos.
Era finales de agosto, se
observaba, que estaban ya como preparando su viaje de regreso…; pensé que eran
los vecinos que de más lejos venían y que como al resto nos veíamos de año en
año.
Me vino a la cabeza la
primera estrofa del poema de Gustavo Adolfo Bécquer, dedicado a la fugacidad de
las cosas:
“Volverán las
oscuras golondrinas
en tu balcón
sus nidos a colgar,
y otra vez con
el ala a sus cristales
jugando
llamarán.
·
Pero aquellas
que el vuelo refrenaban
tu hermosura y
mi dicha a contemplar,
aquellas que
aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no
volverán!”
Y es que las golondrinas, son las primeras en anunciarnos que la primavera y el verano están cerca, y así mismo la que nos indican que éste, está llegando a su fin.
De siempre me ha gustado observarlas,
me parecen mágicas, sus nidos, sus vuelos y sobre todo su forma de vida; un
pájaro tan pequeño que es capaz de recorrer miles y miles de kilómetros.
Hacia el mes de marzo, cuando te
das un paseo a orillas del Mediterráneo, vas viendo como siguiendo la línea de
costa, una , otra y otra y así un sin,
van volando desde latitudes meridionales hacia el norte,y que cuando llegan a
los cauces de los ríos, como el Júcar, o el Turia, hacen un quiebro para volar
hacia tierra adentro.
Y es que cada primavera, miles y
miles de golondrinas, cruzan continentes, desde las zonas cálidas del
hemisferio sur, para volver a las misma esquina, viga o tejado des hemisferio
norte, donde se produjo su cría; lo hacen a una velocidad aproximada de 30 , 50
kilómetros por hora, por lo que imaginemos lo largo y extenuante del viaje.
Las migraciones las hacen en
bandadas, porque así se protegen unas a otras, vuelan y comen por el día, y en
la noche duermen en humedales, ramas de árboles, etc.
Parece ser que se orientan por
las líneas de la costa, los cauces de los ríos, la posición del sol, las
estrellas e incluso el campo magnético terrestre…, como os digo, pura magia.
Las golondrinas jóvenes, en su
primer viaje de migración, desarrollan una especie de mapa mental, que les
permite en los años posteriores, trazar rutas seguras, marcando los lugares de
descanso, comida, y así llegar al sitio donde nacieron.
Otras cosa increíble de este
pájaros son sus nidos, a los cuales puede aplicarse este refrán que dice que
“toda piedra hace pared”, y es que con el pico, recogen pequeñas bolitas de
barro húmedo, normalmente de charcos, orillas de ríos, etc…; las mezclan con
saliva y pequeñas fibras vegetales, van colocando bolita tras bolita, hasta
levantar el nido.
(Fotos del nido son propiedad de opciónrural.com)
Hacer un nido les supone un
trabajo increíble, miles de viajes, bolita a bolita, de ahí que al año
siguiente la pareja, porque son monógamas, regrese al mismo nido, lo reparen y
reutilicen.
Las golondrinas además son nuestras aliadas, en un día comen cientos de insectos; básicamente mosquitos, moscas pequeños escarabajos, avispillas, polillas, etc., que capturan en pleno vuelo.
A
finales de agosto, tras pasar las fiestas del pueblo, las primeras que se
habían marchado habían sido las golondrinas, el verano había terminado, poco
después, muchos de los humanos, también guiándonos de la memoria, emprendimos
el viaje de retorno no a zonas más cálidas, bueno en mi caso también, sino
donde tenemos el trabajo y por ende el sustento, con muchas ganas de volver
encontrarnos con esas maravillosas aves, en las frescas mañanas estivales del
pueblo FINEM.


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