viernes, 19 de junio de 2015

San Antonio de Padua, el milagro de los pajaritos y... Torrebaja.



Huerta de Torrebaja

Estos días en muchos pueblos y ciudades se celebran las fiestas en torno a San Antonio de Padua, la festividad en concreto es el día  13 de junio; la Iglesia suele nombrar las festividades, en el día que consideran que el Santo en cuestión “nace” en la santidad, es decir el día que muere físicamente, y Antonio lo hizo el 13 de junio de 1231 en Arcella, una barriada perteneciente a la localidad de Padua (Italia).


Su verdadero nombre era Fernando de Bulhoes; y con ese nombre se le bautizó en Lisboa, a finales del siglo XII.
Es en el año 1120, cuando ingresando en la Orden Franciscana como fraile, le es cambiado el nombre de Fernando, por el de Antonio.


Desde siempre he tenido una vinculación especial con este Santo, es decir que he sabido más de él que de otros; y esto ha sido así por todo lo siguiente:
Mi madre nació en Torrebaja; un pequeño pueblo de interior de Valencia, sito en la comarca del Rincón de Ademuz; nació en una  muy humilde casa, ubicada en lo que había sido el antiguo Camino Real que unía Valencia con Aragón, vía Chelva; conocido ya cuando mi madre nació como calle del Cantón, aunque popularmente le llamaban del perché, por haber varios vecinos poseedores de caballos percherones, es decir esos dedicados al arrastre y transporte de grandes cargas.
 

Dicha calle está asentada en el valle del río Turia, en el margen derecho de éste,  y termina a las orillas de otro río, en este caso el Ebrón, habiendo sufrido en cuantiosas ocasiones la bravura de ambos ríos sobre todo en la época de deshielos, siendo los vecinos del Cantón, expertos en subir sus enseres a las plantas superiores de la casa, pues ambos ríos han visitado sus moradas en infinidad de veces…


Justo al final de la calle, y junto al “cantarín y alegre” río  Ebrón, se sitúa un pairón, o como dicen por estas tierras casilicio, dedicado al Santo fallecido en Padua, y que desde siempre los vecinos de barrio han cuidado, y venerado con intenso fervor.

 

Mi madre me cuenta que cuando ella era pequeña el tío Amadeo y la tía Amparo, eran los encargados del cuidado del pequeño monumento, y que todas las noches encendían un farolillo con aceite; farolillo que se ha seguido encendiendo al caer el sol, hasta no hace muchos años, cuando el Ayuntamiento de Torrebaja con la colocación de farolas en la calle, puso también una bombilla en el interior del mismo; ahora es otro vecino, Vicente Soriano el que se encarga del cuidado y mantenimiento del monumento y del entorno.
 
La tía Amparo y el tío Amadeo, eran los dueños de la primera casa que hay entrando al pueblo proveniente de Ademuz, por lo que era el antiguo Camino Real, gente buena y sencilla, que además fueron los padres de la que desde niña ha sido y es una de las mejores amigas de mi madre, me refiero a Antonia Tortajada, (Tonica).

 

Tal vez por todas estas vinculaciones, mi madre siendo muy niño, tanto a mis hermanos como a mí, nos  cantaba una canción que hablaba de San Antonio, de un huerto y de miles de pajaritos…

 
Una canción que me encantaba escuchar, sobre todo porque además me imaginaba que todo esto pasaba en Torrebaja, en ese tramo de la calle del Cantón, y que los cientos de pajaritos entraban en la casa del tío Amadeo y la tía Amparo.

 

Y es que esa parte del pueblo es muy tranquila, sólo tiene casas a un lado; habiendo enfrente en otros tiempos una frondosa y exuberante huerta, hoy reducida a pastos, víctima sin lugar a dudas de la despoblación y con ello del abandono de la agricultura; y como motivo de esa tranquilidad y de su situación en pleno campo, no es raro escuchar el piar de cientos de aves, el zumbido de los insectos, el canto de los grillos en las noches de verano, bajo un intenso tintineo de un cielo estrellado, o inhalar los diversos aromas surgidos de las flores y de los manzanos.

 

La canción en sí, se basa en una leyenda de cuando Fernando (S. Antonio de Padua) contaba con ocho años de edad, y a las afueras de Lisboa, su padre le pidió que cuidara de un huerto cuyo trigo estaba recién sembrado, y evitase como fuera que los gorriones se comiesen las semillas y el grano recién plantado…


La canción viene a decir lo siguiente: 

Divino  Antonio precioso,
suplicad al Dios inmenso
que con su gracia divina
alumbre mi entendimiento
para que mi lengua
refiera el milagro
que en el huerto obraste
de edad de ocho años.
Desde niño fue criado
con mucho temor de Dios,
de sus padres estimado
y del mundo admiración.
Fue caritativo
y perseguidor
de todo enemigo
con mucho rigor.

Su padre era un caballero
cristiano, honrado y prudente,
que mantenía su casa
con el sudor de su frente.
Y tenía un huerto
donde recogía
cosechas y frutos
que el tiempo traía.
Por la mañana, un domingo,
como siempre acostumbraba,
se marchó su padre a misa
cosa que nunca olvidaba.
Y le dice: «Antonio,
ven acá, hijo amado,
escucha que tengo
que darte un recado.
Mientras que yo estoy en misa,
gran cuidado has de tener,
mira que los pajaritos
todo lo echan a perder.
Entran en el huerto
pican el sembrado,
por eso te advierto
que tengas cuidado».
Cuando se ausentó su padre
y a la iglesia se marchó,
Antonio quedó cuidando
y a los pájaros llamó:
«Venid, pajaritos,
no entréis en sembrados,
que mi padre ha dicho
que tenga cuidado.
 
Para que mejor yo pueda
cumplir con mi obligación
voy a encerraros a todos
dentro de esta habitación».
Y los pajaritos
entrar les mandabas
y ellos muy humildes
en el cuarto entraban.


 
Por aquellas cercanías
ningún pájaro quedó,
porque todos acudieron
cuando Antonio les llamó.
Lleno de alegría,
san Antonio estaba,
y los pajaritos
alegres cantaban.
Cuando se acercó su padre,
luego les mandó callar;
llegó su padre a la puerta
y comenzó a preguntar:
«Ven acá, Antoñito;
dime, hijito amado,
¿de los pajarillos
qué tal has cuidado?»


 
El niño le contestó:
«Padre, no tenga cuidado
que, para que no hagan mal,
todos los tengo encerrados».
El padre que vio
milagro tan grande
al señor obispo
trató de avisarle.
Acudió el señor obispo
con gran acompañamiento
quedando todos confusos
al ver tan grande portento.
Abrieron ventanas,
puertas a la par,
por ver si las aves
se quieren marchar.


 
Antonio les dice entonces:
«Señores, nadie se agravie,
los pájaros no se marchan
hasta que yo no lo mande».
Se puso en la puerta
y les dijo así:
«Ea, pajaritos,
ya podéis salir.
Salgan cigüeñas con orden,
águilas, grullas y garzas,
avutardas, gavilanes,
lechuzas, mochuelos y grajas.
Salgan las urracas,
tórtolas, perdices,
palomas, gorriones
y las codornices.
Salga el cuco y el milano,
zorzal, patos, y andarríos,
canarios y ruiseñores,
tordos, jilgueros y mirlos.
Salgan verderones
y las cardelinas,
también conjugadas
y las golondrinas».
Al instante que salieron
todos juntitos se ponen,
escuchando a san Antonio
para ver lo que dispone.

Antonio les dice:
«No entréis en sembrado,
marchad por los montes,
los riscos y prados».
Al tiempo de alzar el vuelo
cantan con dulce alegría,
despidiéndose de Antonio
y su ilustre compañía.
El señor obispo,
al ver tal milagro,
por diversas partes
mandó publicarlo.
Antonio bendito,
por tu intercesión
todos merezcamos
la eterna mansión.

Sin lugar a dudas la parte de la canción que más me gustaba, y a día de hoy sigue siéndolo, es cuando Antonio pide a los pájaros que salgan de la habitación; recuerdo una vez que le hice a mi madre repetir esa estrofa infinidad de veces, hasta que pude copiar la relación de aves; para después buscarlas en el   diccionario “rances” que tenía para el colegio, a ver cómo eran, e investigar si estos pájaros vivían en Torrebaja, convencido de que todo aquello había pasado a orillas del río Ebrón.

 

Fuera como fuese, son recuerdos de esos que nunca te olvidas, que llevan aparejado para  siempre la inmensa querencia  y el recuerdo de  las personas,  como Amadeo Tortajada, al que cuantas cosas le preguntaría ahora sobre su vida y su profesión, pues se dedicaba a hacer el machimbrado de cañizo, con el que se cubrían la vigas, y sobre los cuales se disponían los tejados, a lo largo y ancho del Rincón de Ademuz.

  

O la tía Amparo, que siempre junto a su cocina de leña, estaba afanada en mil tareas…
En fin que me apetecía contaros de este recuerdo, de esta canción, de su leyenda …; dedicando este post, a las personas que nombro en él, y que ya no están desde mis abuelos Jesús y Clotilde, al matrimonio de Amadeo y Amparo, a mi madre y  a su amiga Tonica Tortajada, y a mi amiga Lucía (Luci) Martín Tortajada, que estoy seguro esta historia le va a encantar. FINEM. 


miércoles, 10 de junio de 2015

Y el Doncel de Sigüenza murió en la Vega de Granada.



SIGÜENZA
http://m1.paperblog.com/i/206/2063829/pueblos-medievales-siguenza-
No hay guadalajareño que se precie o amante del arte sacro y funerario que no conozca la tumba de Martín Vázquez de Arce, más conocido como el Doncel de Sigüenza.
Se halla en una capilla lateral de la impresionante catedral de Sigüenza (Guadalajara), sirviendo de última morada de un hijo Ilustre de la villa, que encontró la muerte en la Vega de Granada en aquellos tiempos de la reconquista, a las órdenes de Gonzalo de Córdoba (el Gran Capitán).

Escultura funeraria de el Doncel
Parece ser que Martín Vázquez fue uno de aquellos solados escogidos por el Gran Capitán, cuando la Reina Isabel, le pidió que quería ver Granada y el palacio rojo de la Alhambra años ante de su toma; historia que conté en este enlace:
Sobre el  monumento funerario, pone: “Aquí yaze Martín Vasques de Arce - cauallero de la Orden de Sanctiago - que mataron los moros socorriendo - el muy ilustre señor duque del Infantadgo su señor - a cierta gente de Jahén a la Acequia - Gorda en la vega de Granada - cobró en la hora su cuerpo Fernando de Arce su padre - y sepultólo en esta su capilla - ano MCCCCLXXXVI. Este ano se tomaron la ciudad de Loxa. - Las villas de Illora, Moclin y Monte frío - por cercos en que padre e hijo se hallaron.”


“Aquí yace Martín Vázquez de Arce, Caballero de la Orden de Santiago, que mataron los moros, socorriendo al Muy Ilustre Señor, Duque del Infantado, su Señor, a cierta gente de Jaén en la acequia Gorda de la Vega de Granada. Cobró en la hora su  cuerpo Fernando de Arce su padre, y dióle sepultura en esta su capilla. Año 1486. Este año se tomaron La Ciudad de Loja, y las Villas de Illora, Moclín y Montefrío, por cercos en que padre e hijo se hallaron”.

Catedral de Sigüenza
A modo de epílogo la inscripción narra lo acaecido durante ese año, y como el padre se vio en el trance de tener que dar sepultura a su hijo, tras éste haber encontrado la muerte lejos del río Henares y su tierra seguntina, allá en la gran vega que conforman el Darro y el Genil camino del Guadalquivir, tras haber regado antes los jardines y excelencias de la Alhambra.

Vega de Granada
Cuenta la historia que la Guerra de Granada ya iba incardinada al triunfo cristiano, justo un año después el Papa Inocencio VIII concedía la Bula de Cruzada, lo que suponía un gran impulso económico, traduciéndose en soldados y armas.

Corría el año 1486, el emir Muley Hacen había muerto un año antes, tomando el poder su hermano, un soldado despiadado llamado el Zagal, el cual si no obtenía rendición del enemigo, lo pasaba a cuchillo exhibiendo sus trofeos de guerra, en forma de colgar las cabezas de los capitanes cristianos, en los lomos de su caballo…


Los Reyes Católicos mientras tanto pactaban con Boabdil que éste volviese a Granada, y tomase el emirato que por ser hijo de Muley Hacen le correspondía; provocando con ello la división de las tropas árabes, y pequeños conatos de guerra civil moruna entre los partidarios de uno y de otro…

El Albaicín Granada
Mientras las tropas cristianas iban cercando la ciudad de Granada, arrasando allá por donde iban, no dejando en pie, cosecha, casa o cobertizo que encontraran, los nervios y las ansias por poner una cruz en lo alto de la Alhambra, convertían sus hazañas en más de una ocasión en verdaderas grandes imprudencias.

La Alhambra
Era un caluroso miércoles del mes de julio, Martín Vázquez de Arce, se encontraba feliz, por el honor que le suponía ser protagonista de aquellos acontecimientos; no importando las penurias y los peligros que todos los días sufrían.

Antes de salir de la tienda de campaña, Martín y su padre Fernando oraban, ante un Cruz del Apóstol Santiago que su Padre llevaba a todos los lugares donde iba.
Tras el rancho, y la colocación de armadura y armamento, Martín comenzó la andadura hacia el campo de batalla.

Justo cuando iba a salir de Campamento se encontró con Íñigo de Buiza, un tipo grandote y un tanto estrambótico, cuyo papel era el de adalid  almogávar, una especie de espía …; éste siempre iba acompañado de una gran águila y tenía fama en el campamento, de que tenía poderes para adivinar el futuro…

Cuentan las crónicas que cuando Martín se lo cruzó, Íñigo de Buiza se le quedó mirando como con condescendencia, totalmente pálido y sin articular palabra alguna…

Cuando Martín va a montar su caballo, éste también tiene una actitud extraña, y le impide ser montado, hasta el punto que el corcel sale corriendo…
Martín extrañado y un tanto angustiado por los acontecimientos toma otro caballo propiedad de su padre, y raudo se une con su destacamento, al frente del cual está el Duque del Infantado.


Comienzan a atravesar la fértil vega granadina, en una mañana un tanto aburrida por el exceso de tranquilidad; de repente y proveniente de un bosque cercano, un gran griterío de muchedumbre moruna, sorprende a las huestes del Duque, que un tanto desbordado, llama a la retirada camino del Campamento cristiano…; por fin van dejando atrás a las tropas árabes, cuando se encuentran con un destacamento cristiano.
Se trata de una tropa proveniente de las tierras de Jaén, que va siguiendo a una columna de tropas moras…; El Duque del Infantado decide unirse a su empresa, hasta que de repente se dan cuenta que todo se trataba de una argucia de las tropas moras; todo el batallón cristiano se encontraba rodeado de un grupo mucho mayor en número de soldados moros.

La única escapatoria era atravesando una gran acequia, que a modo de caz regaba las fértiles tierras de la vega granadina, se trataba de la conocida popularmente como Acequia Real o Acequia Gorda de Granada.


Así pues las tropas cristianas se dirigieron hacia ella, al mismo tiempo, que las tropas moras, abrían las compuertas del estanque que remansaba las aguas del río Genil.

 Provocando con ello una gran avenida de agua por la mencionada acequia, convirtiéndose éste en una pura ratonera acuática.
A la vez que caballos y caballeros son arrastrados por la corriente, los moros comenzaron a lanzar flechas;  las armaduras de los caballeros  cristianos rechazaban las flechas, pero su peso y quita de agilidad, eran un aliado perfecto para el ahogamiento…
Martín medio ahogado, a duras penas consigue salir de la acequia…; se quita la armadura pensando que así se movería mejor; el problema es que ha salido al lado de la acequia, donde se congregan las tropas enemigas…; el grueso de las tropas cristianas están al otro lado del cauce.
Los pocos cristianos que allí estaban se reagruparon, con Martín al frente de todos ellos, desde el otro lado de la gran acequia, el padre del doncel de Sigüenza gritaba y daba ánimos a su hijo, consciente de que aquello no podía salir bien.

Martín y sus compañeros cristianos lucharon en mitad del aquel enjambre moruno, hasta que una herida de muerte, hizo clavar sus rodillas en la tierra… 

Siendo esta la historia de lo ocurrido, y que de forma breve alguien contó en la tumba que desde aquel lejano año 1586, ha supuesto su última morada.
Si queréis saber más sobre la vida de este caballero castellano y guadalajareño, os recomiendo muy mucho el libro “Sueño que soy Piedra” del Profesor Guillermo Rocafort Pérez.
Y por último dedicar este post a un seguntino excepcional, mi amigo Julio Arjona. FINEM